Es un dolor, es un placer, es una astilla que place clavarse, duele parar y es imposible de sacar. Sientes tal gozo al clavártela pero cuando paras y la mantienes te destroza, te sume en el pesimismo, a veces llegas a la conclusión de que lo único que vale ya es seguir hundiéndola en tí a la vez que te hundes tu por entero. Llega un punto en que no puedes tratar con gente sin esas cicatrices ni astillas, las buscas y puedes compartir su tristeza o ironía.
Creo que siempre pensaré que vale la pena pagar el precio.
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